domingo, 17 de junio de 2012

Tic-Toc.


Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Estaba desorientada. Algo raro estaba sucediéndome: estaba despierta y podía pensar, pero algo rojo, líquido y de olor penetrante, como un olor a hierro o algún otro metal, estaba saliendo de mi cabeza.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Pronto esa sustancia empezó a caer al suelo; hasta el momento, tan sólo había recorrido mi cara, mi cuerpo, mi ropa, hasta que, como río que llega a su desembocadura, las gotas iban cayendo, una a una, a la alfombra que me había regalado Julián manchándola de un rojo carmesí que tan bien conocía debido a mi profesión de enfermera: era sangre.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Hasta ese momento no me había percatado de que el segundero del reloj tenía una especie de eco tras su movimiento; el sonido del reloj estaba marcando el ritmo con que mis propias gotas de sangre iban cayendo sobre la alfombra; el ritmo de mi propio fin.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Mi desconcierto aumentaba. No recordaba qué había pasado en las últimas horas. Estaba en la cama, leyendo tranquila, cuando de repente… Un vacío negro ocupaba ese espacio de tiempo entre la serenidad de la dulce lectura de Oliver Twist y el momento en el que me desperté y noté que estaba sangrando.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Cada vez que el segundero avanzaba, mi vida se ultimaba, se concluía debido al flujo de sangre que iba saliendo de la herida abierta que tenía en la cabeza; como si de un torrente de agua se tratase, la sangre iba fluyendo poco a poco. Sin embargo, mis pensamientos no se enturbiaban y podía seguir manteniendo activo mi pensamiento para intentar recordar qué había pasado.
El motivo por el cual aún mantenía este estado de vigilia podía deberse a que, por suerte, mi cerebelo no había resultado herido, aunque eso no impediría que muriese por pérdida de sangre.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Notaba cómo el sonrosado color de mis mejillas se extinguía y el calor que siempre irradiaban se acababa; pasaban a estar álgidas, blancas, apagadas. Las mejillas de una persona cuya vida finalizaba de manera inexorable.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Empezaba a sentir frío; la sangre había salido de mis venas para no regresar jamás.
«Como no consiga moverme y llamar una ambulancia, voy a morir».
Me arrepentí de no haber gritado nada más despertar, cuando aún tenía la sangre y el calor necesarios para ello. Fue entonces cuando me percaté de que no podía hablar: había algo que me impedía mover los labios, abrir la boca. Supuse que debía ser un trozo de precinto. Intenté gastar mis últimas fuerzas en quitármelo para chillar y pedir ayuda, pero noté que estaba atada de pies y manos impidiéndome cualquier posibilidad de movimiento, postrada en la alfombra de mi propio salón.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Tan sólo quería recordar qué había pasado y quién me había hecho esto.
Mi existencia de no más de veinticinco años había sido demasiado corta; tenía tantos sueños, esperanzas, aspiraciones, deseos que cumplir… ya jamás podría hacerlos realidad. Fue entonces cuando me dio la sensación de que la vida se me había esfumado de las manos sin siquiera darme cuenta.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Sentí el charco bermellón que se había formado en la alfombra.
Ahora podía entender esa típica secuencia de películas y libros en la que, mientras una persona perece, dice que está pasando toda su vida ante sus ojos.
De hecho, yo misma estaba experimentando esa escena: empezaron a emerger de mi memoria recuerdos felices, muchos de los cuales hacía mucho tiempo que no evocaba: aparecieron mis amigos de la infancia, el primer amor, aquel viaje de fin de curso a Londres, la universidad… alusiones desde que no era más que una niña de pelo rubio que no podía separarse de su oso de peluche hasta el día anterior.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Sin duda, la más poderosa de todas ellas fue el día que conocí a Julián, aquel dieciséis de agosto de hacía tan sólo un año.
Él había marcado un antes y un después en mi vida: me había hecho pasar de pensar en individual a pensar en colectivo, a buscar un bienestar familiar.
Y ayer me dio la gran alegría de decidir venir a vivir conmigo.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Al acordarme de ello, me vino a la cabeza: ya no vivía sola; ahora vivía con Julián. Y cuando yo estaba leyendo, Julián estaba conmigo, a mi lado, escuchando la radio. ¿Por qué no había venido a ayudarme? ¿Dónde estaba ahora? ¿Qué estaba pasando?
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Miré el reloj del salón; era la una y cuarto.
Teniendo en cuenta que me había metido en la cama a las once, puede que “sólo” llevase un par de horas así, en el suelo, desangrándome.
El segundero seguía avanzando y mi sangre ya no iba sincronizada con él; empecé a preguntarme si llegaría a ver a la aguja más larga y rápida de las tres que componían el reloj dar una vuelta más.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
«Sólo un poco más».
Repetí las mismas palabras del protagonista del libro que leía, del cual ya no era capaz de recordar el nombre.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Ya no era capaz de abrir los ojos porque la sangre me lo impedía. Mi visión se había quedado reducida a un color escarlata que no podía eliminar.
Apenas podía respirar porque la sangre salía a borbotones e impedía que el aire pasase a través de mis conductos nasales.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Acudió a mi mente otra evocación de esa misma noche; mientras cenábamos, Julián me había ofrecido una copa de vino. ¿Y si había echado alguna sustancia para drogarme y que estuviera más cansada?
Últimamente habíamos tenido discusiones y por eso Julián decidió venirse a vivir conmigo, para intentar mejorar la relación. O, al menos, eso fue lo que me dijo ayer.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Miré de nuevo el reloj. La una y media.
Entonces vislumbré un pequeño brillo en la distancia; parecía el destello de una pistola. Empecé a removerme en la alfombra, bañándome en mi propia sangre, para intentar escapar de mi predestinado destino; un rumbo que, sin saberlo, me había autoimpuesto yo misma.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Alguien se acercó al oír mis sacudidas.
Ese mismo alguien era el que llevaba la pistola en la mano.
Era el que me había disparado, drogado y engatusado hasta conseguir llevarme a la muerte.
Ese alguien era Julián.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Me quitó el precinto de la boca.
-¿Por qué?- inquirí con un susurro de voz. -¿Por qué quieres matarme? ¿Acaso no te he ayudado yo siempre que he podido? ¿Acaso no hemos sido felices? ¿Es que no recuerdas todo lo que hemos vivido? ¿No te acuerdas de todas las risas, las caricias, los roces, los abrazos…? ¿Es que…?
No llegué a obtener respuesta a todas estas preguntas.
Antes de poder oír todo lo que quería, todas las contestaciones que merecía obtener, Julián apretó el gatillo de la pistola.
Tic-Toc. Tic-Toc.
El último pensamiento que tuve fue hacia el que había sido y pensaba que sería el amor de mi vida, el hombre con el que había compartido el último año y medio de mi existencia.
Fue una reflexión amarga, cargada de odio.
Pero la aversión que sentí hacia Julián se vio incrementada por la sonrisa con la que disparó: era la misma sonrisa con la que esa misma mañana me había dicho que me quería.

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