Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Estaba desorientada.
Algo raro estaba sucediéndome: estaba despierta y podía pensar, pero algo rojo,
líquido y de olor penetrante, como un olor a hierro o algún otro metal, estaba
saliendo de mi cabeza.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Pronto esa
sustancia empezó a caer al suelo; hasta el momento, tan sólo había recorrido mi
cara, mi cuerpo, mi ropa, hasta que, como río que llega a su desembocadura, las
gotas iban cayendo, una a una, a la alfombra que me había regalado Julián manchándola
de un rojo carmesí que tan bien conocía debido a mi profesión de enfermera: era
sangre.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Hasta ese
momento no me había percatado de que el segundero del reloj tenía una especie
de eco tras su movimiento; el sonido del reloj estaba marcando el ritmo con que
mis propias gotas de sangre iban cayendo sobre la alfombra; el ritmo de mi
propio fin.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Mi
desconcierto aumentaba. No recordaba qué había pasado en las últimas horas.
Estaba en la cama, leyendo tranquila, cuando de repente… Un vacío negro ocupaba
ese espacio de tiempo entre la serenidad de la dulce lectura de Oliver Twist y
el momento en el que me desperté y noté que estaba sangrando.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Cada vez
que el segundero avanzaba, mi vida se ultimaba, se concluía debido al flujo de
sangre que iba saliendo de la herida abierta que tenía en la cabeza; como si de
un torrente de agua se tratase, la sangre iba fluyendo poco a poco. Sin
embargo, mis pensamientos no se enturbiaban y podía seguir manteniendo activo
mi pensamiento para intentar recordar qué había pasado.
El motivo
por el cual aún mantenía este estado de vigilia podía deberse a que, por
suerte, mi cerebelo no había resultado herido, aunque eso no impediría que
muriese por pérdida de sangre.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Notaba cómo
el sonrosado color de mis mejillas se extinguía y el calor que siempre
irradiaban se acababa; pasaban a estar álgidas, blancas, apagadas. Las mejillas
de una persona cuya vida finalizaba de manera inexorable.
Tic-Toc. Plic-Ploc.
Tic-Toc. Plic-Ploc.
Empezaba a
sentir frío; la sangre había salido de mis venas para no regresar jamás.
«Como no consiga moverme y llamar una ambulancia, voy a morir».
Me arrepentí de no haber gritado nada más despertar, cuando aún tenía
la sangre y el calor necesarios para ello. Fue entonces cuando me percaté de
que no podía hablar: había algo que me impedía mover los labios, abrir la boca.
Supuse que debía ser un trozo de precinto. Intenté gastar mis últimas fuerzas
en quitármelo para chillar y pedir ayuda, pero noté que estaba atada de pies y
manos impidiéndome cualquier posibilidad de movimiento, postrada en la alfombra
de mi propio salón.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc.
Tan sólo
quería recordar qué había pasado y quién me había hecho esto.
Mi
existencia de no más de veinticinco años había sido demasiado corta; tenía
tantos sueños, esperanzas, aspiraciones, deseos que cumplir… ya jamás podría
hacerlos realidad. Fue entonces cuando me dio la sensación de que la vida se me
había esfumado de las manos sin siquiera darme cuenta.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Sentí el
charco bermellón que se había formado en la alfombra.
Ahora podía
entender esa típica secuencia de películas y libros en la que, mientras una
persona perece, dice que está pasando toda su vida ante sus ojos.
De hecho,
yo misma estaba experimentando esa escena: empezaron a emerger de mi memoria
recuerdos felices, muchos de los cuales hacía mucho tiempo que no evocaba: aparecieron
mis amigos de la infancia, el primer amor, aquel viaje de fin de curso a
Londres, la universidad… alusiones desde que no era más que una niña de pelo
rubio que no podía separarse de su oso de peluche hasta el día anterior.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Sin duda,
la más poderosa de todas ellas fue el día que conocí a Julián, aquel dieciséis
de agosto de hacía tan sólo un año.
Él había
marcado un antes y un después en mi vida: me había hecho pasar de pensar en
individual a pensar en colectivo, a buscar un bienestar familiar.
Y ayer me
dio la gran alegría de decidir venir a vivir conmigo.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Al acordarme
de ello, me vino a la cabeza: ya no vivía sola; ahora vivía con Julián. Y
cuando yo estaba leyendo, Julián estaba conmigo, a mi lado, escuchando la
radio. ¿Por qué no había venido a ayudarme? ¿Dónde estaba ahora? ¿Qué estaba
pasando?
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Miré el
reloj del salón; era la una y cuarto.
Teniendo en
cuenta que me había metido en la cama a las once, puede que “sólo” llevase un
par de horas así, en el suelo, desangrándome.
El
segundero seguía avanzando y mi sangre ya no iba sincronizada con él; empecé a
preguntarme si llegaría a ver a la aguja más larga y rápida de las tres que
componían el reloj dar una vuelta más.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
«Sólo un
poco más».
Repetí
las mismas palabras del protagonista del libro que leía, del cual ya no era
capaz de recordar el nombre.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Ya no era capaz de abrir los ojos
porque la sangre me lo impedía. Mi visión se había quedado reducida a un color
escarlata que no podía eliminar.
Apenas podía respirar porque la
sangre salía a borbotones e impedía que el aire pasase a través de mis conductos
nasales.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Acudió a mi mente otra evocación de
esa misma noche; mientras cenábamos, Julián me había ofrecido una copa de vino.
¿Y si había echado alguna sustancia para drogarme y que estuviera más cansada?
Últimamente habíamos tenido
discusiones y por eso Julián decidió venirse a vivir conmigo, para intentar
mejorar la relación. O, al menos, eso fue lo que me dijo ayer.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Miré de nuevo el reloj. La una y
media.
Entonces vislumbré un pequeño
brillo en la distancia; parecía el destello de una pistola. Empecé a removerme
en la alfombra, bañándome en mi propia sangre, para intentar escapar de mi
predestinado destino; un rumbo que, sin saberlo, me había autoimpuesto yo
misma.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Alguien se acercó al oír mis sacudidas.
Ese mismo alguien era el que
llevaba la pistola en la mano.
Era el que me había disparado,
drogado y engatusado hasta conseguir llevarme a la muerte.
Ese alguien era Julián.
Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Tic-Toc. Plic-Ploc. Plic-Ploc. Plic-Ploc.
Me quitó el precinto de la boca.
-¿Por
qué?-
inquirí con un susurro de voz. -¿Por
qué quieres matarme? ¿Acaso no te he ayudado yo siempre que he podido? ¿Acaso
no hemos sido felices? ¿Es que no recuerdas todo lo que hemos vivido? ¿No te
acuerdas de todas las risas, las caricias, los roces, los abrazos…? ¿Es que…?
No llegué a obtener respuesta a
todas estas preguntas.
Antes de poder oír todo lo que
quería, todas las contestaciones que merecía obtener, Julián apretó el gatillo
de la pistola.
Tic-Toc. Tic-Toc.
El último pensamiento que tuve fue
hacia el que había sido y pensaba que sería el amor de mi vida, el hombre con el
que había compartido el último año y medio de mi existencia.
Fue una reflexión amarga, cargada
de odio.
Pero la aversión que sentí hacia
Julián se vio incrementada por la sonrisa con la que disparó: era la misma
sonrisa con la que esa misma mañana me había dicho que me quería.